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¿Y por qué hay que saberlo todo?

Es lo de siempre: la civilización del espectáculo -con la televisión a la cabeza- supone que uno lo sabe todo. El acto de suponer revela una suerte de supremacismo cultural, así que partimos desde ahí para contar esta breve historia. Escena de un partido del Mundial. Juega Estados Unidos contra Paraguay. Le meterá 4 goles pero es no es el punto. La escena transcurre en el comedor de una familia tipo, padre, madre, dos hijos (varón, mujer), y la abuela. No hay tensión, al partido se lo mira relajadamente. La tensión de verdad, la alta tensión (tanta que en varias casas durante los partidos de Argentina se ha recurrido al tensiómetro, por las dudas), está reservada para los nuestros.

Con Estados Unidos en la cancha goleando a Paraguay hay cierta sorpresa, y nada más. Nada raro, nada que nos haga sospechar lo que está a punto de pasar.

De golpe una cámara enfoca la tribuna. Sentado en una butaca aparece un hombre con algunos kilos de más, buzo negro igual que la gorra, lentes negros, distraído con su celular. La cámara se detiene unos cuantos segundos en el fulano, lo suficiente para que la chica -la hija- pegue el salto y grite:

-¡Miren quién está ahí!

El padre emerge con cierta dificultad del fondo del sillón desde donde mira el Mundial y pregunta con total naturalidad quién es el fulano de lentes. La cámara vuelve a la cancha y la chica mira al padre, entre sorprendida y molesta, y le dice que como que no sabe quién es. El padre se encoge de hombros y dice lo más elemental del mundo.

-¿Y por qué tengo que saberlo?

-¡Porque vimos la película cinco veces en esta casa y en este mismo televisor! -los decibeles de la voz de la chica son tan altos que la madre le dice que se calme. El hijo varón intenta tirarle un salvavidas al padre, como para que no haya quedado tan en offside, y lo hace a manera de chiste.

-Papá, era el chico bueno que se muere ahogado para salvarle la vida a la joven rica.

La madre ahora se ríe y va a la cocina a hacer café. La abuela parece estar en Júpiter, nada la perturba. La hija pide por favor que la cámara ponche de nuevo al señor de gorra y lentes negros, portando la insinuación de todas las calamidades que se dejan ver a los 51 años, pero la cámara ya está en otro tema más rentable: la pausa de hidratación. Recién entonces el padre reacciona:

-¿No me digas que el gordito ese es Leonardo DiCaprio?

-Sí, papá, es Jack -dice la hija, y hay una suerte de desconsuelo en su voz apagada. Hay treinta años de distancia entre Titanic y ella, entre el héroe y ella, entre la vida que arrasa y ella que tampoco ya es joven.

El padre se levanta del sillón, apunta con el dedo a la televisión y descarga con su voz de trueno la más lógica de todas las preguntas: "¿Y por qué carajo no ponen que es DiCaprio? ¿Estos yanquis se creen que uno tiene que saberlo todo?".

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