Historias desde el Bar El Ideal VOLVER
Vos hacé memoria, me dice el parroquiano con el último hilo de voz que le queda luego del triunfo a Inglaterra: en el 78 el Tío Caliyuri, que entonces era el dueño del Ideal, y tenía de socio al Mago Arturo Petrillo, entrenador de fútbol que no había tocado una sola pelota en su vida, en el 78, el Tío había comprado un armatoste importante. Por ese televisor vimos el Mundial. El bar era una fiesta, salimos campeones, la primera estrella.
Después, me dice, te paso el siguiente el dato: en el 82, Mundial de España, yo también miré a la selección acá, en esta mesa del Ideal. El televisor no era la pantalla de cine que hay ahora, era un tele Philips más moderno que el del 78 pero algo más chico y estaba colocado en lo alto, en mitad del salón sobre la pared que da a Rodríguez.
Lo que quiero decirte no es la decepción que vivimos en España, el gran fiasco del primer Mundial de Maradona, lo que más Teníamos un equipazo pero nos volvimos rápido. Lo que quiero decirte es algo que no sé si vos sabés: en medio del partido los pibes estaban peleando en Malvinas. Así que cada dos por tres la transmisión cortaba el partido para pasar el comunicado de los militares. Entonces los parroquianos enardecidos se levantaban de las sillas y puteaban al televisor, porque lo que querían eran que los dejaran ver el partido, puesto que ya la revista Gente había dicho que íbamos ganando. Acordate, junio de 1982, guerra de Malvinas, Mundial de España. Ya sabés cómo fue la historia: perdimos el Mundial y perdimos la guerra.
En el 86 el televisor ya era un poco más polenta y todo el bar entero bailó de felicidad con el gol de Diego a los ingleses, el mejor gol ocurrido en la historia de los mundiales, y la segunda estrella para nosotros.
Hasta que no sé por qué, no me preguntes, un día -tal vez por la edad, porque me casé, porque hice lo que se llama vida de hogar- cambié la cábala. Empecé a ver los mundiales en mi casa. Y a partir de ahí no ganamos nunca más nada. El último Mundial, el de Catar, pensé en volver pero fue inútil: el bar había cerrado. En su lugar, creo, había una pompa fúnebre tuneada de cervecería.
Entonces me dije que si llegaba a estar vivo para el próximo Mundial, o sea éste, lo iba a volver a ver en el Ideal. Y acá estamos, en la misma mesa, con la misma ropa, con el mismo amigo de toda la vida. Y sin voz... porque hoy en los gritos de los dos goles que le hicimos a los ingleses se me fue lo poco que me quedaba de las cuerdas vocales. Y con la severa disfonía que expresa mi gola supersticiosa te lo digo desde ya: el domingo estaré acá para la ver la final con los gallegos. Si querés venir no hay problema, pero sentate en otra mesa, no cambiemos los rituales. El domingo veremos lo que le vengo diciendo a mis colegas, favorecedores y amigos: que el Ideal es invencible. Y que sólo tenés que haber pasado los 60 años y 15 mundiales para saberlo.
Fotografía: gentileza Miguel Gavazza.
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