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Agotamiento, catarsis y el perro que reventó el televisor

¿Será la edad? Eso me pregunta un amigo. ¿Será la edad? ¿Un signo de viejochotismo precoz? Lo pregunta porque dice que desde que le ganamos a Egipto hasta ayer nomás, cada partido de la selección es un calvario, un subibaja emocional truculento que va del martirio al goce. Pero lo peor es después, me dice mi amigo. Después, uno, dos después él sigue agotado, sin poder recargar las baterías. A media máquina.

Dice también que el tamaño multitudinario del festejo post Inglaterra (más masivo que cuando se ganó la copa en Catar) puede tener que ver con la celebración, sí, pero asociada a un acto mucho más atávico: la catarsis. Hay risas, hay abrazos, hay cánticos, hay emociones pero hay -sobre todo- catarsis. Dejar que salga todo afuera, como decía la canción de Piero.

Otra cuestión nada menor es la elección de cómo uno elige ver el partido. Una gran mayoría lo hace en familia; otra gente con amigos; fueron muchos los que se acercaron al Anfiteatro Municipal para ver Argentina-Inglaterra por pantalla gigante entre vecinos y algo más: vecinos que no se conocen. Los bares siguen siendo la casa en común donde decenas de parroquianos observan el partido picando algo mientras tanto.

Mi amigo es como yo: decide verlo encerrado, solo como loco malo. Cierra todas las ventanas para evitar que el maligno delay le anticipe un gol. El delay o el grito de gol de la propia multitud conformada por 150 mil almas adentro de sus casas que se hace sentir en toda la ciudad cuando aparece el gol salvador en medio de la angustia. También aprovecha la pausa de hidratación para caminar demencialmente por la casa, tomar aire, respirar profundo y volver a sentarse frente a la tele.

Un chiquito de mi taller de escritura en el Colegio San Ignacio me contó hoy el episodio que vivió su padre durante el partido de Argentina contra Inglaterra.

El hombre había decidido mirar el cotejo solo en la tele del dormitorio conyugal, con sus dos perros recostados en la cama. En la pantalla del living miraba el resto de la familia. Los perros dormían apaciblemente cuando en la agonía del partido Enzo Fernández clavó el empate. El padre del chico saltó como loco, pegó un alarido descomunal y uno de los perros, aterrado por la reacción incomprensible de su amo, se eyectó como electrocutado de la cama y fue a dar de lleno contra el televisor. Resultado: el pobre perro destrozó la pantalla en el impacto, aunque salió ileso del episodio.

De acá al domingo suceden las vísperas del gran acontecimiento. La Copa está ahí, tan cerca y tan lejos. De lo que nadie habla -por ahora- es lo que ocurrirá después, en el anochecer del domingo: el vacío existencial que te deja el Mundial que se fue. Pero esa es otra historia.

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