ÚLTIMO MOMENTO
El problema no es la derrota con España, ese no es el punto. Ni tampoco que ya no volveremos a ver a Messi en otro Mundial. Eso ya lo sabíamos, ya estábamos preparados. El problema, el único y gran problema de todo este lío, es que hay que volver.
Ahí está el tema.
Y lo peor es que tenemos que volver sin habernos ido. Eso sí que es perturbador. Porque si uno tuviera que volverse de Nueva York, tristones, con algo de bronca, pero con la felicidad que significa volver a casa, volver después de algo así como un mes y medio, bueno, entonces la cosa no sería tan difícil.
Pero no. Hay que volver sin habernos movido un centímetro del sitio en donde estamos. Hay que volver a esa roca impávida e invencible que es la Realidad.
Esa es la cuestión. En el fondo todo fue como un sueño. Por algo se dice que el Mundial es un Gran Anestésico. Es cierto que esta vez tardó en crearse el clima. No hay clima de Mundial, decían en la calle y se leía y se sentía.
Pero bueno, ya sabemos cómo es la cosa: no hay clima hasta que el clima -esa cosa unánime, amorfa, intangible e inolora, el clima mundial- aparece. Un partido, dos partidos, tres triunfos, las bocinas, los festejos, la épica, los abrazos, la patria redonda, la tele como un zumbido veinticuatro por veinticuatro en el cerebro, y entonces para cuando te querés acordar ahí estás, en manos del Gran Anestésico, en la Vía Láctea del Mundial, y todo lo poco que hacés fuera de ese limbo es con piloto automático, por obligación nomás.
Es así hasta que el Gran Anestésico se termina.
Y vos tenés que pegar la vuelta psíquica, cultural, la vueltita completa, como si nada hubiera pasado. Volver a ser lo que eras hasta hace 45 días. Volver a lo de uno, al lodazal de la grieta, al esperpento y su gobierno, a las agrestes canchitas del fóbal nuestro, a los miserables programas de televisión, a tu vida corta y llana, porque la Realidad es así, te deja un recreo cada cuatro años, entre gobiernos que llegan y gobiernos que se van, amores que nacen y amores que mueren, años que se van, dolencias que llegan, la Realidad está de vuelta para soplarte al oído que todo estuvo muy lindo, los goles, la épica, el sufrimiento, la disfonía, y vos en medio del bajón te alegrás porque por fin (eso debe ser lo único bueno de volver) empezás el proceso de desintoxicación de los periodistas deportivos y otros venenos de la cita mayor del fóbal disputada en el país donde todo lo que toca lo corrompe.
Entonces un día, un domingo a la noche (para colmo) te firman el regreso. Hay que volver. Es lunes, comenzaron las vacaciones de invierno. El Mundial se ha ido, ya fue, como todo lo que entra en el pasado. La Realidad toca la puerta. Es el monotributo existencial del que nadie zafa. Es el castigo de volver.
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