Historias desde el Bar El Ideal VOLVER
Se fue el Mundial y llegaron los turistas. Eso parece -y, en efecto, eso es: una pareja de turistas- cuando el hombre de mi mesa más cercana se da vuelta y se pone de pie para preguntarme algo de la ciudad.
Entre el Mundial que recién ahora, cerca de una semana del amargo final, empieza a retirarse del todo de nuestra memoria, y la avalancha de turistas que llegaron por el receso, una cosa dura y filosa sigue entre nosotros: el frío.
Eso lo empezó a saber la parejita de turistas en el bar. El hombre, de campera y gorro, me comenta que no se imaginaba el frío antártico de Tandil, lo cual, le digo, por si lo conoce, puede avisarle a un tal Milei que afloje con la idea de quitarnos el beneficio de la zona fría. El tipo sonríe y va a lo suyo, a la razón por la que dejó su mesa y a su mujer y los dos submarinos a medio tomar.
-¿Hay alguna obra de Salamone? -dice, con esperanza de encontrar algo de lo que el arquitecto de culto Francisco Salamone dejó en alrededor de 50 pueblos de la provincia, en la década del 30, entre mataderos, cementerios y municipios. Sus obras, esas gigantescas construcciones de hormigón con su demencial cruce de estilos que parecían un despropósito en la llanura de la pampa, llegaron hasta Azul, a su magnífica necrópolis. Estuvo cerca, pero acá de Salamone no hay nada, le informo.
-¿Y qué nos recomienda? -el hombre se frota las manos. Calculo que se refiere a lo más parecido al arte a cielo abierto, lo cual, además, es gratis, entonces le comento que puede encontrar un muy lindo grupo escultórico -dos personajes que en verdad podrían ser uno solo- en lo alto de una sierra.
No voy a contarle la historia de Villa del Lago y la primera gran estafa de aquel pueblito -un loteo en los 60 en un lugar que no había agua, causa que aún permanece en la justicia-, pero le digo que una de las esculturas más lindas y originales es el Monumento al Quijote, con su amigo Sancho.
-¿Es camino de cornisa? -me dice el turista.
Me sonrío y después lo hace él, advirtiendo que la ciudad carece montana, de cordillera o precordillera. Una trepada en auto en segunda y en cinco minutos llega sin problemas, le aclaro. También puede dejar el auto en la isla del Lago y hacer el paseo a pie. Le aclaro que desde el Quijote tiene una de las mejores vistas de la ciudad para hacerse la foto de rigor.
Me agradecen y se van. Afuera el día es horrendo, esa mezcla tétrica de frío y llovizna filosa, pero me resulta envidiable la condición existencial del turista: están felices sólo por haber agarrado la ruta, por tomarse un atajo del lineal y monótono camino de la vida. Cambiar un rato el paisaje. Ya los veo en lo más alto de Villa del Lago, al lado del Quijote, en medio de la ventisca helada y un velo grisáceo de bruma suspendida en el aire. Con un poco (un poco bastante) de imaginación podrían creer que están en Londres.
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