ÚLTIMO MOMENTO
Entonces me entero. No por las redes, no por los medios (ya son la misma cosa). Estoy en la sala de espera de un médico y ahí, en el diálogo de dos personas que comparten el sillón, en ese limbo de ajenidad y congelamiento del tiempo, me entero.
El que anuncia la noticia dice que un tipo se tiró en parapente y se estrelló cerca del Hotel Amaiké.
El que escucha la noticia -el otro, no yo que estoy leyendo un libro, o, mejor, que estaba leyendo hasta que el desconocido habló- dice: Qué lo parió.
El otro dice que lo tuvieron que rescatar los bomberos.
El otro pregunta quién era. El otro dice que eso está buscando mientras con el índice sigue bajando la noticia en la pantalla de su celular. Y antes del nombre da un número: 65, dice.
¿65 pirulos? Se altera el otro, primero perplejo, luego casi al borde de la ofuscación.
Sí, 65. Se tiró desde las Ánimas, algo salió mal y cayó cerca del Amaiké. Está internado, con lesiones, en el Sanatorio, especifica.
¿Nombre?
Federico.
No sé, dice el que escuchó la noticia, no sé, dice, cada uno es dueño de su vida, pero tirarse a los 65 en parapente, qué sé yo... ¿Hay necesidad?, dice.
Y el otro: Eso pensaba, pero bueno, ahora está todo ese tema de la nueva longevidad ¿no? A los 65, le juro, hay tipos que en mi complejo juegan al fútbol senior sin ningún problema. Es otra época.
Su mirada sigue clavada en la pantalla del celular porque al pie de la noticia dice: Noticia en desarrollo. Entonces hay que esperar el desarrollo. Es decir que Federico Echaide salga vivo de todo esto, que el día de mañana la caída sea una anécdota que pueda contarle a los nietos y que conserve todas y cada una de sus pasiones, entre ellas la de tirarse en parapente a los 65 años, la edad más terrible de todas, la edad de la jubilación, por ejemplo.
Un jubilado se tiró en parapente, pienso en voz alta. Para eso está la vida, amigos, para darse los gustos, para ser fiel a nuestras pasiones, digo. Del parapente al andador está el camino que hicimos en el medio de ambos. Los dos tipos salen de su propio diálogo y me miran, algo extrañados. La puerta del consultorio del médico se abre y su voz invoca el nombre del tipo, Antonio, que dijo si era necesario, si había necesidad, tal vez sin registrar que en ese mismo instante, al sentarse frente al médico, al ver su cara rígida, su rostro inmutable, su guardapolvo perfectamente planchado, sus manos rasgando el sobre, su ojos cotejando los análisis del paciente, su voz monótona y cordial que se dispone a dar el diagnóstico, él también, Antonio, está cayendo en su propio parapente.
Fotografía: imagen ilustrativa.
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