ÚLTIMO MOMENTO

Estrellas

Entro en el último capítulo de un libro a pedido. Esta vez toca un relato hotelero, por decirlo así, del primer hotel al último.

Medito la posibilidad, en el final, de acercar un par de anécdotas de hotel, pero después de pensarlo un rato las dejo afuera. No es mi libro (y ahí está la gran diferencia: escribir para otros es delegar la autoría y, por lo mismo, anticiparse a lo que al otro pueda no gustarle, o, aunque le guste, comprometer cierto tono formal del texto).

Porque, además, toda anécdota implica un quiebre, un atajo en el relato, un guiño en el borde. Anoto en borrador (es decir acá, en esta nota) algunas perlas.

El karma de la difunta Posada de los Pájaros: (casi) todos los famosos no querían pagar su estadía en el hotel. El célebre axioma "Figuración y canje". Se tiraban el lance, rebotaban a menudo. Uno de los pocos que se alojó de arriba fue Maradona. Y de incógnito. Dejo para otra oportunidad las mil y una argucias que hizo el entrenador Ramón Díaz, pijotero como pocos, para no pagar la entrada al Casino.

El karma del karma: cuando un hotel cae en desgracia, por cambio de época, de moda, o simplemente porque empezó a venirse abajo, cambiaron los dueños o lo que fuere, su destino está clavado: se convierte en geriátrico. Ejemplos: el Hotel Torino y lo que fue una joyita de la época, el primer hotel boutique de la ciudad: el Hostal de la Sierra, fundado en 1977.

Del Elegance quedó un registro de vestidor. El día que abrió sus puertas sucumbió a una de las cuestiones más usuales de una inauguración: la caída de un diluvio. Las emboscadas del mal clima. Enclavado en plena naturaleza, los dueños dispusieron, para evitar embarrar las instalaciones, que los invitados se descalzaran y entraran al hotel literalmente en patas, escena más propia del surrealismo de André Breton o de una instalación artística. Todavía se recuerda la comitiva del intendente municipal y el incómodo momento que le tocó padecer a un exsecretario: el tener que dejar los zapatos en un mueble del recibidor puso en evidencia que tenía las medias rotas y así debió pasar toda la noche, intentando en vano disimular el agujero que la filosa uña del dedo gordo había dejado a la intemperie, precisamente, el pulgar derecho del pie, erecto en su desnudez frente a los ojos atónitos de los demás invitados.

Cerramos con el Hotel Libertador. En 1994 Gianfranco Pagliaro estaba tomando un café en el bar del hotel esperando la hora del show que iba a realizar en Luz de Luna, la confitería que estuvo unos cuantos años en el Castillo Morisco. Llegó el entonces gerente Casanovas a saludarlo y le mostró Les Oranges, el recoleto ámbito gastronómico del lugar. "Es un hotel cuatro estrellas", dijo con orgullo el hombre. "Ajá, ¿tiene shows?", preguntó el Tano. El gerente negó con la cabeza. Pagliaro lo miró severamente y sentenció: "Qué lástima. Cuatro estrellas al pedo".

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