ÚLTIMO MOMENTO
Una amiga que pinta tropieza y se cae de la escalera, la cual venía bajando desde su atelier. Hay que esperar el diagnóstico. Reposo, analgésico y probable rotura de meniscos.
La mujer tiene exactamente 60 años. La Edad Fatal. La edad donde uno empieza el descenso del Everest de la vida. Y lo saben muy bien los alpinistas: el accidente ocurre más seguido en la bajada.
"¿Y qué querés que haga? ¡Pinto en el entrepiso donde pude poner el atelier!", dice mi amiga cuando le ofrezco mi tesis sobre la escalera, artefacto propio para la dicha de la juventud. No por nada Dolina decía que él no tiene ninguna nostalgia por el pasado, aclarando esto: por las cosas del pasado, por ejemplo la escalera. No tengo nostalgia por la escalera de la casa de mi infancia, decía el Negro, sino por no poder subir los escalones de tres en tres. Lo que se extraña es la juventud, no el ornamento.
Cierto es que a veces, como según parece ser en el caso de la pintora, no queda otra. Necesitaba un atelier para pintar, ahora que además se jubiló y puede hacer de su vida lo que más o menos quiere. Por ejemplo, pasar horas en su atelier sentada frente al caballete.
Y es ciertamente comprensible que eso que se llaman pequeños accidentes domésticos puedan ocurrir en cualquier lado, incluyendo la bajada del cordón o la emboscada que tiende la pata de la mesa con el inadvertido dedo meñique del pie que choca, dolorosamente, contra ella.
Pero la escalera tiene algo de autenticidad de origen: en cierta manera en su lenguaje elemental te avisa. Y el que avisa no traiciona. Te avisa que el acto de subir o bajar por ella puede tener sus consecuencias. El menisco hecho puré de mi pintora amiga; los cuatro escalones que bajó Neil Armstrong para pisar la Luna.
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