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Arturo y la sarasa de la IA

Esta nota podría empezar y terminar con un desafío: decile a la Inteligencia Artificial que te haga una semblanza del parrillero más popular del pueblo.

Le pedí exactamente eso. Y la IA me respondió:

El Guardián de las Brasas Serrano: en Tandil, el asador del pueblo no es solo un cocinero: es un filósofo de la leña, un cultor del ritual y el dueño absoluto del tiempo a la orilla del fuego.

El ritual del fuego: Su jornada no empieza cuando se tiran la tira de asado o los chorizos, sino horas antes. Sabe elegir con precisión la leña seca -mezclando piquillín para el aroma y quebracho para la durabilidad del calor- mientras contempla las sierras de fondo y prepara el mate de la mañana.

El dominio de la parrilla: Maneja el punto de la carne con la precisión de un relojero. Conoce la distancia justa entre los fierros y la brasa, el secreto de un matambrito a la pizza tierno, y cómo lograr esa costra dorada e inconfundible en el vacío mientras el aroma del chimichurri casero flota por la cuadra.

Mística y folklore local: Se viste con boina, delantal de cuero gastado y cuchillo encabado en guampa al cinto. Es la figura central del club de barrio, de las domingadas en las afueras o del restorán de campo tradicional; una persona que saluda a cada vecino por su nombre y sostiene que "el asado no se apura, se acompaña".

Tal como los lectores habrán advertido, no hay un solo dato real sobre lo que realmente le pedí: un trazo biográfico acerca del parrillero más popular del pueblo, es decir de Arturo Cuello, bastión y tótem de Al Ver Verás, la parrilla que fundó "Mundo" Yepaiel. Ayer se nos fue a los 84 años y la noticia de su muerte se convirtió en la segunda más leída de la web de El Eco, en un posteo muy viralizado en el IG de la parrilla de Lichi y también en una gran interacción de mi propias redes y fan page del Escribidor.com, lo cual indica, por otra parte (algo que deberían mirar bien los jóvenes periodistas) hacia dónde va el ojo del lector que vive en una ciudad intermedia y que todavía conserva los últimos vestigios arqueológicos del pueblo que alguna vez fue.

La IA, esa máquina de guitarrear asertivamente sobre cualquier cosa, el algoritmo del versero digital, todavía no llegó ni va a llegar a la médula de lo que somos, una identidad que imbrica genealógicamente el pasado con el presente, una idiosincrasia siempre en curso, siempre en construcción, asándose lenta y feliz en la parrilla del gran Arturo.

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