ÚLTIMO MOMENTO
Recién llegado a Tandil, en 1957, el escritor polaco en el exilio Witold Gombrowicz les dijo (para provocarlos) a los popes intelectuales de la Biblioteca Rivadavia: "¡Dejen en paz a los brutos!". Y los popes pensaron que ese extranjero que se hacía llamar conde era un fascista que estaba en contra de la ilustración universal. Por supuesto que no era así: Witoldo los estaba cargando, pero los ilustres escritores, hundidos en el debate fascismo-antifascismo (y casi todos antiperonistas) no lo advirtieron.
Y con esa ironía a cuestas Witoldo salió de la Rivadavia, caminó 150 metros, se metió en la confitería Rex, y allí, increíblemente, fue reconocido por Dipi Di Paola, Betelú y Vilela, quienes no tenían más de 17 años. Así, fundó la "Escuela de Tandil", con ese puñado de pibes que representaban el intelecto más brillante de aquel pueblito al que había llegado. A esa mesa todavía le sobrevive Cacho Equiza y el escritor Néstor Tirri, autor del libro La Piedra madre. Y en esa mesa de la Rex el escritor polaco les enseñó a leer, a escribir, a pensar, a dudar. A crear burla y estilo.
¿Qué hacían esos pibes con el extravagante conde polaco, que pocos años después sería postulado al premio Nobel de Literatura? Esos pibes de la Escuela de Tandil farmeaban aura con "Ferdydurke", la novela de Gombrowicz que un tiempo antes habían encontrado en los estantes de la Rivadavia, y se divertían con los neologismos de Witoldo, y así también farmeaban aura posando en las fotos que se hacían sacar por los amigos.
Todos fuimos jóvenes en términos cronológicos. Veinte años después que Gombrowicz se fue de la ciudad, apareció la generación de la nueva juventud. Tribalmente, se la dividió entre Los Chetos, Los Pardos y Los Rockeros. Los primeros cursaban su figuración y la prosperidad familiar en Moritat, una confitería a la que se llegaba a través de una escalera en la Galería 9 de Julio. Los Pardos preferían una cueva democrática, también metida en otra Galería, la Italia. El boliche se llamaba Flamingo, y en el contraste perdía imagen ("estoy perdiendo imagen a tu lado", cantaba Palito Ortega en esos días) respecto al aspiracionismo de la época.
En el 77 la Rex ya no estaba (y si estaba venía en proceso de agonía), y Moritat se había convertido en el cenáculo de la aristocracia del barrio. Como mi padre tenía su negocio de lanas en la Galería, yo los veía de lejos pero seguido. Era un adolescente que vivía y pensaba como un rockero y había empezado a leer a Kafka y a Sábato, y me era muy fácil reconocer a esos muchachos de 20 años que ya vivían como si tuvieran 75. Farmeaban el aura cheta con el Levy 505, la remera del cocodrilo, los mocasines Guido y el cuentaganado al cinto. Unos cuantos de ellos son estos mismos grandulones básicos que hoy no pueden entender los rituales de la Generación Tik Tok, que habla mitad inglés, mitad castellano, reconoce como sus padres no biológicos a Gémine y ChatGPT, nació adentro de un celular y así, scrolleando en la penumbra azulada del móvil, va tratando de sortear esa carrera de obstáculos colmada de tristezas profundas y ajenidades propias del no encajar que se llama adolescencia. Se las ingenian para ganar puntos entre ellos, con sus formas, sin un disco de Vereda Musical abajo del brazo o replicando a Travolta en alguna pista de baile, como se hacía en aquellos tiempos.
Por eso me acordé de Gombrowicz y de su axioma el día que espantó a los intelectuales progres de la ciudad, a lo más ilustrado de la cultura pero también a lo que esa gente era, o los años había convertido: seres conservadores, grandes, incapaces de entender lo que nunca vieron, y con poca energía para procurar comprenderlo. Es decir lo que no vieron en Witoldo y tampoco en sus discípulos adolescentes. "¡Dejen en paz a los pibes!", les podría gritar tranquilamente Gombrowicz, ahora mismo, con su aura magnética, a pesar de la perpetua expresión de parecer estar oliendo mierda.
Es un lugar común pero de vez en cuando hay que repetirlo: cada uno es hijo de la época que le tocó. No entenderlo es uno de los tantos signos de evidente senilidad mental.
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