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Memorias del Bar Ideal: Deudas

A nadie le gusta que le cuesten las costillas. Eso dice Roque mientras revuelve la cucharita en el pocillo de café, sin avergonzarse por lo que parece una característica en común de los argentinos: de la plata propia no se habla. Hay un instinto escondedor tanto para el que gana poco como, sobre todo, para el que gana mucho. Entonces Roque, que debe estar en la exacta mitad, le sale al Tucu con la ocurrencia del costillar, un deporte muy extendido en la ciudad y más allá también.

-No te pregunto si llegás a fin de mes -le dice el Tucu-, sino si por casualidad si sos uno de los seis millones de tipos que se endeudaron con las billeteras virtuales.

-No, no lo soy. Ni el home banking manejo. ¿Qué eso de tener un banco en casa? ¡No quiero tener un banco en casa!

Ambos, qué duda cabe, parecen haberse convertido en el eslabón perdido entre dos siglos: el de la billetera de cuero, de plástico, de imitación de lo que sea, material, concreta, que se llevaba en el bolsillo del pantalón, y la que tenemos hoy, intangible, sumando intereses, ganancias y deudas en el teléfono celular. Será por eso que no han podido sustraerse al tema de la semana, la multitud de argentinos endeudados con un ser al que creían invisible pero que tiene nombre y cara, más allá de su bonito nombre de fantasía. Un ser que ya les está haciendo saber cómo crujen los intereses de esa deuda que tomaron dando cuatro clicks en el celular, y la incertidumbre que se cierne sobre ellos.

Roque y el Tucu cavilan que antes cualquiera también podía endeudarse, en especial con los bancos. Como por ejemplo, dice Roque, el que teníamos acá enfrente y señala la fachada del Paseo del Banco, es decir del Comercial difunto. Y también, aclara el Tucu, podías endeudarte con los prestamistas que atendían en los bares con ventana a la calle. Por ejemplo, recuerda ahora el Tucu, a los hermanos Massera. Paraban en El Cisne, pero una vez, por razones que no se conocen, uno de los Massera estaba cafeteando en el Ideal cuando por la puerta entró un tipo furioso, y se fue derechito a la mesa del prestamista. El bar quedó congelado. Massera empezó a correr en círculos por las mesas para zafar de lo que se venía, hasta que en medio del julepe vio que estaba abierta la puerta lateral del bar, que ya no existe más, era una puerta ubicada entre los dos ventanales de la fachada que daba a Pinto, y así como venía la encaró, ganó la calle y debe haber batido el record de los cien metros llanos porque el tipo se quedó mascullando su rabia en la vereda. Y desde ese día a esa puerta del Ideal se la llamó La Puerta de Massera, ¿te acordás?

Entonces los dos amigos se ríen y por fin están por celebrar algo en medio de la penuria económica del momento: que no están endeudados con ninguna billetera virtual, primero porque nunca bajaron esa aplicación y por lo tanto no saben ni de qué se trata, y segundo porque si hay una vida más o menos feliz, esa vida, para serlo, debe carecer de deudas.

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