ÚLTIMO MOMENTO

De nuestro Macondo

En el último episodio de la miniserie "Cien años de soledad", al momento de describir el final de Macondo, con un viento que va desbaratando las puertas, los techos, las ventanas, los árboles y finalmente al pueblo entero, la voz en off del narrador dice:

"El pueblo había llegado a tales extremos de inactividad, que en las vitrinas sombrías quedaban solamente los maniquíes decapitados".

Una frase con la marca de agua de Gabriel García Márquez. Una frase también devastadora por su poetecidad y su eficiencia. Inactividad, vitrinas sombrías y maniquíes decapitados, esos tres elementos sacuden al lector en la novela y lo vuelven a sacudir en la serie que también logró su propio milagro macondiano: filmar, retratar y ponerle imágenes al realismo mágico desde lo visual. Porque una cosa es leer una frase que describe la lluvia de pétalos de rosa y otra muy distinta es verla.

Pero volviendo a los maniquíes decapitados. Insólitamente (me refiero al momento más truculento de la serie en su octavo episodio de la segunda temporada, los diez minutos finales), mi mente construyó -vaya a saber por qué- una asociación entre el sentido de la frase -el final de la acción en Macondo, el fin del pueblo- con el centro viejo de Tandil. Es decir, con nuestro Macondo, el que lentamente también se desbarata hacia la extinción.

No es el ventarrón lúgubre que sacude a Macondo y lo reduce a polvo; es algo más: una extraña mezcla de vejez y ajenidad. ¿Qué ocurrió con la belleza de otrora? Se voló como Remedios la Bella, se fue al cielo en cuerpo y alma, impulsada por otro viento: cálido, cuenta Gabo, sorpresivo. Con este detalle: a la par que Úrsula agradecía el milagro, Fernanda del Carpio, la gran mala de la película y el libro, se enojó muchísimo porque en su adiós a esta tierra Remedios, para impulsarse hacia más allá de la atmósfera, se había llevado las valiosas sábanas de lino que pertenecían a la casa.

Algo de eso le está pasando al centro viejo y a todo lo viejo de la ciudad, pero con menos magia. La belleza se ha ido, tal vez llevándose lo mejor que teníamos. Lo nuevo ha llegado y sigue llegando. Lo impersonal, lo ajeno, lo gélido, las dos horripilantes esquinas habitadas por la nada misma del comercio sin alma, allí donde todavía laten los espíritus del bar Liverpool y los sombríos fantasmas de la Galería Italia. Nos queda la frívola y cruel Fernanda del Carpio y sus aires monárquicos, que si se decidiera a salir de la casa derrumbada todavía podría sentirse una reina atendida por una moza con una cofia en la cabeza, tomando su café al lado de una gran estatua que reposa con un erecto cucurucho genital.

El viento que arrasó Macondo hace rato que empezó a soplar por aquí, entre ruinas y fastuosidades, lugares sin alma y maniquíes decapitados.

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