ÚLTIMO MOMENTO
Escribo en el pizarrón: ¿Qué es un recuerdo? En los bancos 32 niñas y niños del Colegio San Ignacio piensan un instante y empiezan a levantar la mano. Respuesta: "Es algo que pasó y que de vez en cuando recordamos". "Es algo que no podemos olvidar". "Algo lindo o triste que vivimos y que a veces volvemos a recordar porque está en nuestra memoria". Eso mismo, les digo: un recuerdo es memoria viva.
Pregunto entonces: ¿dónde está el recuerdo? Un chico dice: "En el pasado". Los miro. Tienen 11/12 años, son vidas casi sin pasado, pienso. Pero la idea del ejercicio es traer del pasado un recuerdo y volverlo un texto. La cabeza es una caja fuerte y sólo ustedes -y nadie más que ustedes- tienen la combinación para abrirla. Así que les propongo que vayan en busca del recuerdo que más quieran.
Antes voy por el ejemplo (Borges famosamente hablaba de "la cobardía del ejemplo". Decía, con razón, que un buen argumento no precisa del ejemplo que lo refuerce. Pero bueno, era Borges. En un taller de escritura para niños los ejemplos sirven. Cuento el mío. Tenía doce años, como ustedes, les digo. Era una noche estrellada y un estadio repleto de gente. Yo era ya a mis doce años un boquense fanático y el primer equipo de Boca Juniors llegaba a Tandil para jugar contra la selección local. Mi padre había comprado las plateas que los organizadores habían colocado dentro de la cancha, a dos metros de la línea del lateral. No sé lo que trabajó mi padre en su camión para poder comprar esas entradas. Mi ídolo de Boca era Rubén "Chapa" Suñé (también Rojitas y Madurga), pero Suñé para mí era como el Paredes de hoy. Entonces imagínense, ahí estaba yo, con Boca jugando en la cancha de Ferro, con una bolsa de papel picado en la mano para darle mi tributo a Suñé en cuanto terminara el partido. Silencio. Honda expectación en los chicos.
Me acerco a ellos y les pido que esto que voy a contarles quede entre nosotros, secretos de una escritor a 32 escritores. Lo tengo que contar literalmente, textualmente como fue, porque así es la literatura: contamos lo real tal como lo recibimos. Fin del partido, gana Boca 8 a 2. Suñé viene del mediocampo como teledirigido a mi silla, el equipo se retira, la gente los ovaciona. Me paro, doy tres pasos, lo tengo a Suñé frente a mí. Un Hércules con la azul y oro. Tomo un puñado de papel picado y se lo arrojo, admirativamente, sobre el pecho. Entonces Suñé baja la cabeza y me mira; observa de refilón a un chiquito de 12 años enteramente vestido de Boca, y de muy mal modo me dice: "Rajá de acá, pendejo de mierda". A la mayoría de los chicos se les escapa una exclamación de asombro, de perplejidad, y otros se ríen. Les cuento que ese recuerdo me sirvió luego para escribirlo, para hacer un relato. Y que ese recuerdo, por su potencia, siempre vuelve, porque es literalmente inolvidable. Y dicho esto planteo el ejercicio: ahora escriban su propio recuerdo.
Quince minutos después los chicos empiezan a leer en voz alta sus evocaciones. Ganará por estricta votación a mano alzada (a los chicos les encanta competir), el recuerdo mejor contado. Y gana por goleada el que cuenta Fausto. Dice que cuando era chiquito su madre le enseñó a andar en bicicleta, primero con rueditas, luego soltándolo de a poco. Dice que el día que la mano de la mamá lo soltó por completo, ya sin rueditas ni otra ayuda que no fuera el gobierno de su propio equilibrio, el chico salió pedaleando con total armonía. Dice que al lograrlo gritó de euforia y que para celebrarlo miró hacia atrás, encontró la cara su madre y ambos gritaron de alegría, pero que en el acto esa primera incursión de su vida con la bicicleta terminó de forma abrupta: por mirar a su mamá celebrando el acontecimiento se estrelló contra una columna de luz.
Todos los chicos ríen y aplauden. Les pregunto qué características tiene ese recuerdo para ser inolvidable: la risa, me dicen. ¿Y qué más?, pregunto. El dolor por el golpe, contestan. Eso mismo, un chiste doloroso, mucho menos doloroso que la noche en que Suñé me reveló en qué consistían los ídolos de arena.
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