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Memorias desde el Bar Ideal: Casablanca

Entra al bar, busca el diario y elige una mesa de la ventana que da a Rodríguez. Se saca la campera, se acomoda en la silla. Saca el estuche de los lentes, lo abre, retira el anteojo -el marco rotundo, negro, cuadrado-, empuja la silla para adelante y deja el diario planchado sobre la mesa, con la tapa entregada a sus ojos.

Recorre la tapa, lee los títulos, lee la bajada del título principal. Luego gira el diario por completo. Visto desde las mesas del costado, el diario da una vuelta carnero de tal modo que ahora la contratapa es lo que confronta la mirada del parroquiano.

Llega la moza. Saluda, pide un té con limón. Se detiene en el artículo de la contratapa (el aguafuerte; lo mide a ojo y parece considerarlo, al menos por ahora, demasiado extenso para dedicarle una lectura completa). Sigue leyendo los títulos. Los ojos van de un título a otro título. Pasa de la sección que rememora lo que pasaba hace veinte años (cuando él era algo más joven) a la sección deportes. No hay nada que parezca interesarle demasiado.

La moza le trae el té. Va a luchar, ahora, con la tetera. Va a esperar que la tetera -si fuera una tetera como Dios manda- por alguna rendija mínima deje caer un hilo de agua que salpicará la mesa. Pero la tetera no cede. El chorro ambarino va colmando la taza. Sorprendido, exprime la rodaja de limón, preparado a que tres o cuatro gotas se estampen en sus lentes, en su pulóver. Pero la rodaja se deja vaciar sin protestas. Extrañamente, esa mañana el mundo está en completo orden.

Vuelve al diario. Se acerca a las noticias locales, se acerca a lo que el diario consigna sobre el metro cuadrado donde pasa su vida. Va a leer todo eso después, en minutos, porque ahora lo que se impone, según su tradición lectora, es hallar ese espacio -vacío de vida- que se titula desde tiempos inmemoriales bajo el tópico de Participaciones Fúnebres. Casi siempre en mayúscula. Hay tres finados.

Lee dos nombres con sus apellidos. Y los deja ir. No sabe, no contesta. Pero cuando se enfrenta al tercero, que es una mujer, cuando sus lentes se acercan al papel para confrontar la veracidad irrefutable de la letra impresa, toda la cara se le vuelve una máscara rígida. Adiós al orden del mundo, piensa. Llama a la moza. Vuelve a leer el nombre de la mujer participada fúnebremente. Su mente ha entrado en la deriva de la doble dimensión, mitad en el pasado, mitad en el presente.

Paga el té con limón. Y antes de levantarse y salir a la calle, mientras la camarera le da el vuelto y él aparta un billete para la propina, mira a la muchacha que no tiene más de veinticinco años y piensa que Amalia tenía más o menos la misma edad que la moza la noche de 1981 en que en la discoteca Casablanca ella le dijo que no. Y que si las cosas hubieran sido distintas, si ella no lo hubiera rechazado como lo rechazó, hoy mismo él sería un flamante viudo, eso le dice a la moza, por la sencilla razón de que -absurdamente o no- viene de una época donde ciertos amores eran para toda la vida.

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