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¿Cuánto le queda al Boca para que se lo trague el Pulpo Verde?

El título se me ocurrió por una saga de terror que nos hacía temblar frente al televisor, el "Pulpo Negro" que protagonizaba Narciso Ibáñez Menta, emitida en 1985 por Canal 9.

A partir de hoy esa criatura foránea omnipresente -que es el nuevo poder de la ciudad- empezará a denominarse en esta casita como el Pulpo Verde. Uno de sus tentáculos se cierne desde hace un tiempo sobre uno de los últimos clubes de barrio ubicado, paradojalmente, fuera de las barriadas de la periferia, el Boca, fundado en 1930.

El Boca -junto al Gimnasia- quedó en el corazón de la circulación frenética que conduce hacia el centro viejo y una de las áreas de preeminencia territorial del Pulpo Verde: nada menos que sobre la calle Belgrano, a metros de la Avenida Santamarina. La calle es, como sabemos, la más transitada de la ciudad. El Boca, ahora convertido en jamón del sándwich entre una de las edificaciones del Pulpo Verde y un edificio en construcción llamado, con dudosa originalidad, como Mirador Belgrano, por ahora resiste.

La pregunta es si podrá. Tiene todo en contra. Su fachada es estéticamente anacrónica frente al modelo de modernidad que le nació al lado y enfrente. Y carece de linaje histórico: hasta donde sé, la construcción no está protegida en el anexo patrimonial del PDT.

Caminar por la ciudad hoy, ser lo que se llama un flâneur -esos personajes que como Bioy y Borges arrancaban de a pie y sin ninguna prisa hasta llegar a los suburbios del sur para descubrir los misterios de la ciudad como sólo puede suceder en modo peatón-, nos impone un estado de alerta domesticada. Una especie de inquieta resignación frente a lo que se llama progreso -eso que el escritor chileno Benjamín Labatut definió como algo "que no tiene cura"- y que otros enfocan bajo la denominación de crecimiento o desarrollo (que no son lo mismo).

Cualquiera puede dar fe de una de las leyes de la Historia: las ciudades son núcleos urbanos de vida que se van transformando con el acontecer del tiempo, y sobre su materia, con los años y las décadas se van superponiendo las capas geológicas del devenir, una sobre otra, una demoliendo a la otra, actividad donde lo humano interviene para cambiar lo existente y que se revela con sólo dedicarle un par de miradas a las muchas fotos viejas de esa metrópolis que ya no existe más. ¿Qué queda entonces tras el paso de la piqueta?

Quedan, quiero creer, el espíritu de las cosas perdidas. Pero claro, el espíritu de las cosas perdidas no cotiza en bolsa, no es un comodity como la soja o el Unicornio de Globant. Si el día de mañana (tiempo que puede medirse como "en cualquier momento") al Boca se lo traga el pulpo, un grupo de inversionistas o el monumental lavadero que tenemos a ojos vista en el centro viejo, la valla de obra no aludirá al espíritu de las cosas. Ni mucho menos de los seres, y menos que menos de las voces. Como la voz del cantinero Miguel Romero, a quien entrevisté cuando buscaba los restos arqueológicos que unieran la vida de los clubes de antaño con la vida de las cantinas, casi que constitutivas entre sí.

Todas estas cosas que escribo podrían formar parte de un libro futuro que se titule La ciudad que me inventé. Porque en adelante, con la materia deglutida por el pulpo y afines, entre las cenizas de lo que fue, sólo nos va a quedar la ficción de lo verdadero, como Miguel y sus días en la cantina del Boca. O el rumor fantasmal de las suelas de los zapatos de los hombres y las mujeres al compás de los tangos que allí bailaron.

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