ÚLTIMO MOMENTO
Esto para empezar y casi terminar: si en el siglo pasado -el siglo analógico- el teléfono de una casa sonaba a eso de las 4,45 de la mañana, el que atendía sabía que le esperaban tres actos iguales y consecutivos: 1) Escuchar la noticia; 2) Vestirse; y 3) Salir para el velorio. Esas no eran horas de llamar y sólo la urgencia impostergable de la muerte ameritaba la excepción.
Pues bien, ayer a las 4,45 sonó el teléfono móvil, aunque lo que sonó fue el tono de un mensaje. No de guasáp, ni del casi extinto mensaje de texto. No. El mensaje de un reel de Instagram.
Se me podrá decir que la culpa es del chancho (o sea de uno) y no del que le da de comer por irse a la cama con el celular vivo, activo, es decir no apagado. Cierto, pero costumbres son costumbres y cada uno es preso de sus manías, por ejemplo dejar el celular prendido como resabio familiar de aquel signo atávico del siglo pasado: por cualquier cosa.
Ahora bien, ¿qué impulsa a un amigo (vamos a llamarlo así) a enviarnos un reel a las 4,45 de la matina? Respuesta clavada: el hombre se desveló, signo inequívoco de viejochotez, el cual viene a desmentir esa especie de credo irrefutable que trajo la serie "El Eternauta": Lo viejo funciona. Minga. Tal cosa no siempre es así. Tengo un vecino que conserva, como un monumento al tétanos, un R12, auto que era considerado -como el Ford- indestructible. Cada vez que lo veo empujando el coche por Arenales en bajada para que arranque, me acuerdo de Darín y de Salvo y de todo lo viejo que no funciona más pero que sin embargo no nos atrevemos a ponerle la mortaja.
Ahora bien, si establecimos la analogía entre la llamada al teléfono fijo en plena madrugada del siglo XX con un reel de Instagram disparado unos cincuenta años después, es notoria la diferencia de contenido. Mientras aquel llamado remitía a tragedia (muerte, accidente y afines), el reel de IG puede ser cualquier cosa, literalmente, menos lo que está intrínsecamente ligado a la desgracia.
En este caso, el reel de IG de mi amigo tenía al escritor Martín Kohan hablando del amor en los tiempos del algoritmo, en estos días difíciles donde nadie tiene ganas de arriesgar nada, en fin, de la dictadura de la certeza del algoritmo (que pretende fabricar la conexión del amor entre las personas como si fuera el dictado de un formulario), por decirlo así, frente a lo que realmente fue y el amor es: un hecho inexplicable, mágico, casi sobrenatural, que no se aviene a recetas de ningún tipo. Todo bien con Martín, todo bien -hasta cierto punto- con la tecnología, pero, le digo a mi amigo con cierta simpática severidad: Estas no son horas de enviar un reel. Porque si bien es cierto que el ring tone del IG llega sin ningún dramatismo con su tempranísima resonancia, también es cierto una cosita propia de la biología pasados largamente los cincuenta: que si algo nos despierta del sueño, después no podemos volver a dormirnos más.
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