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Delpo comenta

Vaya a saber de quién fue la idea: si de él o de ESPN, pero a todas luces fue un acierto la incorporación de Juan Martín Del Potro a la señal, la cual se hizo visible a partir de los cuartos de final del US Open, un torneo que le trae magia a su vida desde 2009 y que ahora, además, le dio el último empujón para terminar de cerrar la puerta de una etapa muy difícil que incluyó a la depresión.

¿Qué fue lo mejor que hizo Delpo en la tele? Ser el mismo de siempre, el gigante bueno del que se hablaba cuando todavía jugaba al tenis, pero con un plus: el de la ubicuidad. El micrófono no es fácil y desde que ESPN despidió de mala manera a Javier Frana, un exquisito a la hora de construir desde el lenguaje una idea, los que gustamos del tenis venimos tolerando la precariedad dialéctica de José Luis Clerc.

Otros pensamos en el periodista Guillermo Salatino, más precisamente en el día que se peleó con Clerc cuando éste le dijo que iba a empezar a trabajar para la televisión, y Salata le replicó lo obvio: que no sabía hablar, y que por lo mismo iba a estar condenado al fracaso. Lo que fracasó fue el pronóstico de Salatino porque no vio venir el cambio de tendencia mediática con los ex deportistas que miden mejor que los propios profesionales de la palabra (lo que explica, por otro lado, que otro dinosaurio del lenguaje como Ruggeri tenga el lugar que tiene en uno de los programas futboleros más vistos de la televisión argentina).

Pero la rutilante aparición de Delpo-comentarista sopló como una brisa de frescura entre Clerc, un sobrio Orsanic y el periodista Luis Alfredo Álvarez, que le inventó su marca emblema ("La Torre de Tandil") y de paso nos regaló difusión masiva a cero peso a los que vivimos en este rincón del mundo.

¿Qué fue lo que hizo Delpo para que midiera tan bien, tal como palpablemente indicaron todos los números de ESPN? Primero, conservar esa pureza de origen que tiene para comunicarse con las audiencias del mundo. Del Potro, más grande, más golpeado por los avatares de la vida, habiendo duelado por fin la realidad de que nunca más iba a poder volver a jugar al tenis, encontró desde el primer instante que se paró frente a la cámara algo así como un nuevo lugar en el mundo desde donde hablar de tenis. O sea, nunca fue auto referencial, ni siquiera cuando se lo pedían (al preguntarle, por ejemplo, cuántas veces había jugado contra Zverev).

Otra: habló lo justo y necesario.

Otra: fue auténtico. Quería que en la final gane Shelton y hasta se lo sentía hinchar por él. En el peor momento, cuando Shelton tenía el partido perdido, Delpo le dijo: "Vamos, Ben, te acompañé hasta acá y no te voy a dejar tirado en el camino". Y otra: contó cositas que pasan en la cancha que sólo saben los que fueron tenistas, alumbrando el revés de la trama. Esos aportes fueron también parte de su sello. Y lo último: se lo vio feliz. Genuinamente feliz.

Hace poco contó también en la televisión por lo que tuvo que pasar: cerca de quince operaciones. Y lo peor: una depresión que lo llevó al psicólogo. Como cualquiera sabe, no resulta nada fácil salir más o menos indemne de semejante abismo.

Delpo lo hizo. Y como en aquella primavera de 2009, en estos días volvió a brillar en Nueva York.

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