Historias desde el Bar El Ideal VOLVER
Entra al bar vacilando, como quien se equivocó de velorio. Pero cuando llega a la mitad del salón siente -o al menos uno eso percibe- que algo de él, muy remoto y perdido, está volviendo a su semblante. De pie gira la cabeza en redondo, como si el orbitar de su mirada a la manera de la luz de un faro en la noche centelleando sobre un océano dormido le estuviera trayendo a su mente el rumor de un oleaje manso y retardado. Por decirlo de alguna forma, el mar de los recuerdos lo alcanza cuando esa recorrida circular en torno a la geografía del bar vuelve al punto del comienzo. Entonces el aparecido busca una mesa.
Elige la penúltima de la ventana que da a Rodríguez, con vista a la plaza. ¿Cómo reconocemos a uno de los nuestros que hace cuarenta años se fue a Europa, y de golpe aparece sin aviso, con el pelo encanecido, algunos kilos de más, pero -sobre todo- atravesado por la lentitud con que hace todo, como el soldado que vuelve de la batalla e intenta reconocer la tierra que dejó, la que hoy luce extraña a los ojos, a los olores, a las presencias que le salen al cruce? ¿Por la expresión de fantasma sobresaltado frente a lo que él creía tener en la memoria de la ciudad que dejó y del bar que también dejó al irse, y por lo que ahora sus ojos están viendo de manera irreversible? Otro mundo.
Entonces me ve. Y se queda quieto, mirándome, como dudando. Son cuatro décadas, tal vez un poco más, pero suele decirse que la marca de la juventud entre aquellos que compartieron esos años, algo de ese signo vital, queda ahí, tatuado entre nosotros. Entonces me reconoce y sonríe. Era uno de los nuestros. En los ochenta media vida la pasaba acá, en el Ideal, la otra media vida en El Cisne de Honorio Vergel. Acá compartía la mesa del hipismo; en El Cisne la mesa de los artistas. Se acerca, me da un abrazo, me dice que qué bueno vernos, que volvió hace diez días y no reconoce nada, ni a la ciudad, ni a la gente, ni a nadie. Que se siente en Marte, dice el aparecido. Dice que en cuarenta años volvió tres veces, que hizo su vida en Europa, en Berlín, que le fue bien, y que ahora, en este último viaje, vino para vender la casa de sus padres. Herencia de hijo único.
Nos sentamos, pedimos café. Me cuenta cómo le fue. Le cuento cómo me fue. Hablamos un poco de arte, un poco de política, un poco de la peste de la época: la soledad. Estamos todos más o menos iguales, me dice. Y se apura a equilibrar la balanza: pero al menos estamos vivos. Tras lo cual pregunta por los demás, los nuestros de aquellas mesas del año 1981. Me acuerdo entonces del gran arranque de la novela Corazón tan blanco, de Julián Marías: No he querido saber pero he sabido... Se lo anticipo para evitarle el mal trago de anoticiarle los amigos que ya no están. Se quita los lentes, tiene los ojos empañados. Me pide que igual quiere saberlo. Son unos cuantos, le digo. Paso lista de los ausentes: Oscarcito Tavano, Andrea López, Apolín, Yogui Legardón, Javier Margueritte, el Gordo Cagliolo, Tito Blues, Maguila Althabe, Esteban Berrozpe...
-Muchos -me dice.
Se hace un silencio largo, una luz gris cae vertical sobre la mesa. Miro la hora y mientras salgo del pozo arañando las paredes le pregunto qué comen los alemanes al mediodía. El aparecido llama a la moza y me imagino que va a pedir lo más parecido a un plato de esos que todos los días él almuerza en Berlín. Pero no. Le dice a la moza que traiga dos milanesas con papas fritas y dos huevos a caballo. "Comamos lo nuestro como cuando éramos jóvenes", me dice. Y suelta lo que debe ser la primera sonrisa desde el regreso.
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