ÚLTIMO MOMENTO
Un tipo quiere escribir la historia de Pinamar. No será el último que lo haga pero tiene el entusiasmo del que, supongo, escribió el primer libro que se hizo sobre esa ciudad nacida en el relieve de las dunas costeras.
Un familiar que tengo por allí -los veranos de mi infancia sucedieron entre Madariaga y Pinamar- lo conectó conmigo. Raúl, así se llama, me ofreció un asado y un rato de charla frente al mar. Quería cambiar ideas sobre su texto, el punto de vista, sobre cómo contar la historia dado que él -como me dice ahora que estamos de cara a un mar de septiembre, celeste y vívido-, no es lo que se llama un historiador. Le digo que yo tampoco lo soy, y que ese trabajo puntual, el de contar una historia desde la historia lo hacen los historiadores.
-¿Entonces vos qué contás? -dice.
-En libros por encargo cuento más o menos lo mismo pero desde otro lado. Un historiador mira la ciudad y ve procesos, ciclos, documentos, acontecimientos, rupturas, personalidades, archivos, papeles. Ve el fluir de la Historia, por decirlo así, desde su microscopio. Yo intento ver el fluir de la vida de esa ciudad. Y darle una narrativa. O para decirlo de otro modo: un historiador ve la historia; yo veo la literatura de la historia.
Raúl despliega su reposera y se queda un rato en silencio, perdido en la vastedad del mar. La ciudad ya se prepara para la temporada y se parece a las tropas de un ejército entregadas a las labores previas a la ocupación.
Le pregunto quién le encargó el trabajo y qué tiempos tiene para entregarlo.
-Nadie -dice-. Tenía ganas de volver a mi infancia.
Entonces me cuenta su historia: nació en Pinamar, pero a los diez años su familia se mudó a Buenos Aires. Estudió allá, se recibió de físico, se casó, procreó y un día, el día menos pensado -afirma- se jubiló. Entonces decidió volver. Vive con su mujer en una preciosa casa a tres cuadras de la playa y a dos cuadras de la avenida del tipo que la forestó con sus pinos característicos para darle su cara casi definitiva: el arquitecto Jorge Bunge.
La física y la literatura se llevan muy bien desde siempre, le digo, y no sólo por el caso más conocido (Sábato): hay una sincronía secreta entre el átomo y el alfabeto. Me muestra su biblioteca, ese mueble donde rápidamente uno conoce a un buen lector. Le digo que tiene un muy lindo sitio para escribir. Que confíe en el mar, porque de alguna manera de allí vienen todas las historias. Raúl sonríe. Se para y de pie en la orilla me señala con el dedo un edificio. Ahí tengo un sucuchito lindo y vacío. Si te gusta podés seguir escribiendo tus libros mientras yo intento contar la historia de mi ciudad, dice. Le agradezco el convite, le regalo un ejemplar de Lo pendiente con la debida aclaración: una novela que transcurre entre Tandil, Madariaga y Pinamar. Me la voy a devorar, dice. Y yo le digo que ahora lo que vamos a devorar es el tremendo asado que amerita la ocasión.
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