ÚLTIMO MOMENTO
Sale de la nada, de una esquina, así que me lo cruzo de frente, y la cara me suena lejanamente familiar, de modo que, para un tipo despistado como soy, ya puedo sentir el ruido del motor del cerebro, que debe ser algo así como un GPS encefálico, procurando localizar al ser que ahora sonríe y me extiende la mano.
Nos saludamos, y mientras decimos las primeras vaguedades (el largo tiempo que hace que no nos vemos), el localizador no logra conectar la cara del fulano con su identidad, o, al menos, con algo mínimo que me tire una pista para enlazar con el pasado. Pienso de qué zona difusa, de qué adorable o resistido pantano del ayer, ese nombre, esa identidad, se resiste a representarse con toda su dimensión. Es una persona contemporánea de mi generación, pero no recuerdo quién es. Y así, paralizado en esa neblina intemporal, se van los primeros minutos de la conversación.
Rápida conclusión: la memoria es caprichosa. Puedo recordar la cita de un libro que leí hace treinta años pero no el nombre de este vecino que forma, en toda su abismal dimensión, parte del pasado. De lo que fue. Pero también de lo que es: lo tengo charlando más o menos animadamente desde hace cinco minutos y no hay caso. Pero está claro que lo conozco, está claro que alguna vez, en la ya relativa larga vida que llevamos, en alguna estación -¿la escuela, el club, el barrio, los bares?- compartimos un rato del viaje.
Para colmo, el hombre no es, como la mayoría de los hombres de su edad, un tipo que gusta romantizar su juventud. No suelta prenda de nada. No dice, por ejemplo, "¿te acordás de cuando el Flaco Spinetta nos dejó de garpe en la puerta del Teatro Estrada y se fue, molesto porque su público no era más de treinta pendejos?". Si dijera eso, yo ya tendría una punta por donde el cerebro, que sigue resonando dentro de la caja craneana, intentaría dar con la identidad del desconocido. Porque la cosa es así: cuando nos cruzamos con alguien del pasado cuyo nombre no acertamos a recordar, y por lo general tampoco damos con algún dato que lo traiga de cuerpo entero al presente, estamos en cierto modo hablando con un fantasma.
-De vez en cuando te leo -dice, de golpe.
Y después cambiamos algunas figuritas respecto al presente y todo lo que se dice en estos casos: la recesión, el presidente (hay que tener cierto cuidado con el fanatismo libertario, tan idéntico a todos los fanatismos), el centro que está muerto, los cambios de la ciudad, y, justamente, el ir por la calle y cruzarte permanentemente con gente y no conocer a nadie. El colmo, pienso ahora, mirándolo, es no conocer a quien alguna vez conociste. Cualquiera aludiría esta carencia al llamado "amigo alemán". Pero como me ha pasado muchas veces, en este caso el despiste es filosófico: no soy capaz de retener en la mente ni por un instante lo que no me interesa.
Entonces cuando la conversación empieza a agonizar, el tipo me dice que pase lo que pase con el país nosotros en cierto modo "ya fuimos", lo cual no deja de tener razón. Eso mismo, concedo, ya fuimos, o ya nos estamos yendo. Que se hagan cargo los que vienen, que voten lo que se les cante, que hay un momento en la vida donde uno empieza a relajar, a bajar la tensión, a reducir el estrés, a darle bola a muy pocas cosas.
-Y claro, porque vos ya debés haber cumplido los 65, ¿no? -dice.
Le digo que sí. Entonces el conocido-desconocido sonríe y me dice que él los cumple ahora, en un mes, y que por lo tanto ya empieza a vivir otra etapa. Y redondea con una frase coloquial:
-La etapa de la vida donde todo me chupa un huevo -dice, y nos reímos. Luego nos damos la mano, y él se va para su lado y yo para el mío. Y tres días después sigo sin poder recobrar el nombre del fantasma.
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