ÚLTIMO MOMENTO
Se fue. No lo fueron de su lugar. No se lo llevó la época ni la dictadura de la moda. Se fue.
Debiéramos sentirnos un poco más huérfanos, un poco más solos, pero si lo pensamos bien, si guardamos la debida distancia entre esta nueva ausencia y las tantísimas otras que llevamos en el equipaje, hay un matiz que sobresale.
No lo rajaron de mala forma.
No tuvo que desarmar el escaparate como el panchero de Alem cuando se le vino encima McDonald's.
No quedó reducido a escombros, como la Galería Italia, que se ha reencarnado en una caja de vidrio, una pecera sin el encanto de sus peces y del agua.
No debió bajar la persiana porque estaba enredado hasta el cogote con el pago del alquiler.
A lo que hacía no lo derrotó el tiempo: los pochoclos son eternos.
No se fundió trabajando, no quedó del todo a contramano de las nuevas tribus de millenials, la generación de seda y la generación Z. Sobrevivió al holocausto psíquico del centro, de la peatonal bipolar, de los ruidos de las sirenas, de los celulares, de las bocinas, de los insultos de auto a auto, del loquero en todo su esplendor.
Paradito en su esquina atisbó el cambio de siglo, la muerte de La Capital, del Bansud (el banco al que Roglich entró con una granada para que le devolvieran los dólares del corralito). De pie junto a su carrito invencible también vio pasar otros comercios en esa misma esquina. Incluido otro banco.
Nada lo movió, ni lo perturbó, ni lo sacó de su metro cuadrado. Como cualquier hombre, tenía una historia. Nació en Rauch, fue mozo y en el borde de la jubilación aprendió el oficio, se compró el carrito y terminó vendiendo pochoclos.
Todo el aire dulzón de la esquina remite a los pochoclos de Amílcar Marino. Puede que su carrito vaya a parar al museo, junto a otros carritos de otros personajes que también hicieron su historia en el pueblo grande que no existe más.
No lo derrotó este tiempo nefasto, narcisista, que cumple la paradoja de la hiperconexión tecnológica que agiganta el hueco de la soledad, aunque nadie -o casi nadie- se haya hecho una selfie con él. Un día, ayer, antes de ayer, con el mismo silencio con el que llegó a la esquina de San Martín y 9 de Julio, otro día simplemente no apareció, no se dejó ver.
Se fue nomás. Dicen que entre nubes de azúcar lo vieron pasar vestido de azul, calladito, anónimo y feliz.
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