ÚLTIMO MOMENTO

De trapito romántico a standapero

Sonó un mensaje de WhatsApp del celular del marido que se estaba bañando y la esposa hizo lo que nunca: lo leyó. Tal vez fue la intuición, un impulso irrefrenable, pero lo leyó. Y leyó lo que no habría querido leer jamás. Había otra y no esperó a que él saliera del baño para vomitarle su rabia.

El marido intentó defenderse haciendo lo que hace cualquier hombre en su circunstancia, aún con todas las pruebas en contra: negarlo. Lo negó durante el desayuno, lo negó mientras terminaba de cambiarse y lo negó cuando subieron al auto y él la llevó a su trabajo.

Todavía seguían a los gritos, intercambiando reproches, cuando por Yrigoyen debieron frenar en el semáforo de España. Fue entonces que se acercó el florista.

Era joven y vendía unas flores silvestres y rústicas. Se arrimó a la ventanilla del caballero y sonriente le ofreció un ramo. El tipo, desbaratado por los nervios de la discusión, le dijo que no.

El florista insistió y el hombre le contestó de mal modo. Entonces el florista, devolviéndole el destrato, le asestó un bocadillo jodón. Le dijo bromeando: "Ah, pero a la rubia con que pasaste el otro día bien que le regalaste flores, eh, viejita".

La esposa enloqueció, le arrebató el celular al marido y echando fuego por los ojos le volvió a leer a los gritos el WhatsApp de la trampa. Luego revoleó el aparato por la ventana. El marido se bajó del auto y acogotó al florista por esa provocación sin sentido. Detrás empezaron a sonar los bocinazos de los autos. Cuando pudo zafarse, el florista, que se había metido de gusto en medio de una disputa conyugal haciendo un chiste pésimo, decidió cortar por lo sano. Aplastó el telefonito del tipo con su zapatilla, lo pisó hasta dejarlo chatito contra el empedrado y le dijo al marido pescado en falta: "¿Ves chabón? Ahora tu celular ya no existe más. Se acabó el problema".

Escribí esta historia durante el encierro que nos provocó la pandemia de coronavirus, una cuarentena donde me impuse escribir un micro relato por día y compartirlo con los lectores. El florista ya no está en esa esquina. Ahora de vez en cuando hay alguien que cuando el semáforo se pone en rojo, él se ofrece a limpiar los vidrios. Seis años después el florista cambió esa esquina por los escenarios: hoy se gana la vida por los boliches contando stand up al sobre . De vez en cuando hace chistes políticos. Por ejemplo, suele presentarse ante el público diciendo medio en serio y medio en joda que se retiró de la calle antes de que Santamarina lo prohiba por decreto.

Chistes en medio de una pelea marital parece que decidió no volver a hacer más.

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