Historias desde el Bar El Ideal VOLVER
En segundos va a pasar por el Ideal. Viene de Pinto a paso regular, mecánico, sin el más mínimo balanceo, erguido en su dignidad y especificidad: debe ser el único entre las 150 mil almas que habitan el valle de entre sierras que vende lo que vende de manera ambulante.
Ya llegó a Rodríguez. Circula entre los vecinos como uno más, como si finalmente ya se hubiera incorporado al paisaje. Adentro del bar, en su mesa, la que si bien no lleva sus nombres ni ningún cartel de reserva, la que ocupan desde que fueron jóvenes, la que extrañaron cuando el bar cesó, y a la que volvieron cuando el bar renació de los escombros del tiempo ido, el Tucu y Roque lo ven pasar apenas el semáforo abre y el vendedor cruza en diagonal hacia la vereda del Banco Nación para luego estacionarse unos minutos allí, como si fuera a tomarse un descanso.
El Tucu, vaya a saber por qué (o mejor dicho porque la memoria es así, caprichosa) evoca ahora un personaje que llegó hace más de treinta años al pueblito, como lo hizo El Hombre Chipá (así le dice Roque ahora al vendedor, así lo nombra, con un toque propio de su limitada inventiva). Y antes de mirar a la moza, levantar el brazo y trazar con la mano el clásico gesto del cortado, el Tucu descarga del hondo bajo fondo del recuerdo ese fantasma que de golpe se le vino a la mente.
-¿Vos te acordás del indio comechingón? -dice.
Se ríen pero no comparan. Y es así porque sencillamente no hay un solo punto de comparación entre El Hombre Chipá, que vende sus delicias a cielo abierto, y aquel cordobés que llegó al pueblo disfrazado -sí, disfrazado, producido- de aborigen comechingón, se bajó del micro en la Terminal de Ómnibus y cuando llegó caminando al centro ya todo el pueblo tenía una versión más o menos próxima a lo que finalmente fue: un indio trucho, un aborigen apócrifo que además de mentar la leyenda inverosímil de su origen, tuvo a bien presentarse a dar charlas y conferencias en las escuelas y los jardines de infantes. En el 1, el de Maipú, no pudo exponer su chamuyo: apenas los chicos lo vieron entrar con la pluma, la cara maquillada y el simulacro del atuendo aborigen que había comprado en una tienda de disfraces cordobesa, empezaron a llorar a los gritos, y el tipo, que decía llamarse Gerónimo Guayán, se las tuvo que tomar, primero del Jardín, después de la casa de la novia con que se había aquerenciado (la mujer debió cambiar la cerradura para que el tipo dejara de molestarla), y finalmente del pueblito cuando Néstor Dipaola le sacó la máscara en una nota en el diario.
El Tucu y Roque se ríen de esas cositas que pasaban antes. Enfrente, El Hombre Chipá ahora atiende a una clienta. La mujer pregunta, el vendedor responde. La clienta le compra media docena de chipá a ese joven que tal vez venga bajando del Paraguay o del noreste argentino y que hace más o menos un par de meses se deja ver por las calles de la ciudad dejando tras de sí la estela de su aroma inconfundible flotando desde su cabeza, ese perfume a queso tostado que impregna el aire, una fragancia cremosa, algo dulzón el aroma, para que en la figura de El Hombre Chipá resuenen, imbricadas, las antiquísimas voces de la cultura guaraní y de las misiones jesuíticas, todo lo genuino, lo auténtico y lo verdadero, tan lejos del apócrifo indio comechingón.
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