ÚLTIMO MOMENTO

Eso que nunca íbamos a ver

Entonces lo veo: al fondo de los últimos vestigios de la ex estación de servicio Isaura de 14 de Julio y España, a lo lejos lo veo, primero como un bulto y después como lo que es: el cuerpo de un hombre, de costado, durmiendo arriba de un colchón destruido.

Son las diez de la mañana, hay un sol raro, apenas tibio, que cae sobre la esquina, un cielo algo espeso que parece ser el preanuncio de otra lluvia, en una primavera que nunca deja de formarse, y al acercarme el bulto, la forma, el hombre, se convierten en un joven. Duerme entre cajas, restos de cosas, al reparo de una chapa repleta de grafitis, eso que alguna vez fue una estación de servicio, esa chapa que alguna vez debe haber formado parte del garaje, de la entrada de autos, de alguna fosa ahora invisible, los restos póstumos de una construcción que se petrificó en modo ruina y que ahora albergan un cuerpo joven y por lo tanto vital, pero que visto así, horizontal en el piso, caído, parece hermanarse con el páramo de la vieja Isaura.

Esta es una de las tantas imágenes que golpean la puerta de lo que también somos como ciudad.

Días atrás cualquier vecino pudo ver el video de una cámara de seguridad colocada en un pasaje a media cuadra de un boliche ahora clausurado. Lo visto -las imágenes carecían de sonido y el silencio que se proyectaba de las pantallas a los ojos hacía más denso lo que allí ocurría-: las piñas, los insultos, las patadas, una pelea entre jóvenes, entre mujeres y mujeres, entre varones y mujeres, entre mujeres y varones, un tipo saliendo de la casa con un revólver, todo ese óleo horrendo pintado en la neblina de la madrugada, parecía una secuencia ocurrida en otra ciudad.

Pero no. Era acá nomás. Y no en la opacidad de los suburbios, sino en el borde de las cuatro avenidas. O sea, el casi centro, donde antes no pasaban estas cosas. Ya parece algo irrelevante preguntarnos cuándo empezaron a ocurrir; importa más indagarnos acerca de qué pasó para que ocurrieran y qué hacer frente a lo que, aún algo perplejos, aún un poco azorados, todos, de alguna manera, hemos empezado a naturalizar como parte del cambio de la ciudad.

En este oficio aprendí, a los golpes, a no juzgar. Aprendí a mirar y sobre todo aprendí que escribir es buscar entender. Ese pibe que duerme en la vieja Isaura es un signo más de una sociedad rota. Si bien es cierto que rotos de alguna manera estamos todos, por resignación, por hastío, por biología, sabemos que hay ciertas roturas que muchos tuvimos la suerte, en la juventud, de no vivir.

Ese pibe es un barrilete caído, pero el que le soltó el hilo está ausente de la foto. Entonces su biografía hecha de una sola imagen resulta incompleta. Esos pibes que se molieron a golpes en la madrugada del otro día, no nacieron del frasco de mayonesa donde hacíamos el germinador. Tienen padres, madres, familia, algo que se parezca a cierto rasgo de autoridad que tampoco está en el video.

Tanto la foto de hoy como el video del otro día son innegablemente parte constitutiva de la sociología de la ciudad, hijos de la fractura social, de la fragmentación, del relajo de los padres y de algunas cositas incómodas para la marca Tandil. Pero están ahí, existen, y durmiendo en la ex Isaura o a las piñas a cielo abierto nos pintan, con el lenguaje del cuerpo, un cuadro que parecía que nunca íbamos a ver.

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