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Historias desde el Bar Ideal: Médium

Se asoma por la puerta -lo primero que aparece es su sombrero, el saco y después el ataché- y luego enfila al fondo hacia mi mesa. Entonces miro el reloj: son las 8,45, por lo tanto la tarifa se extiende más allá del café cortado.

-El cortado y una medialuna -le digo.

-¿Subió los honorarios? -dice. Es un tipo de unos sesenta pirulos con pinta de visitador médico. Supongo que el ataché que acomoda sobre la otra silla estará repleto de medicamentos. Pero es raro: un visitador médico por lo general carece de inquietudes acerca del lugar al que ha llegado: le basta y le sobra con pararse en la puerta del consultorio del médico y primerear a los pacientes que esperan.

-A la hora del desayuno la medialuna es parte de la tarifa -aclaro.

Deja el sombrero sobre la mesa, sonríe y va derecho a los bifes.

-Muy linda ciudad la suya, muy pujante. Yo vengo de Córdoba y ando con de gira, ¿me explico? Nadie daba dos mangos por mi trabajo hasta que la historia del Presidente empezó a dar vuelta la tortilla.

Lo escucho sin entender muy bien a dónde va. La mención presidencial no ayuda mucho a que la charla fluya. Me detengo en su bigote, finito, arriba del labio, corto, y el pelo que ocultaba el sombrero: es evidente que el tipo se ha dado un carmelazo importante.

-Si pudiera ser más claro se lo agradezco -le digo y le muestro la tapa del libro que estoy leyendo: Una novela rusa, de Carrere.

-Soy médium, ¿va captando? Mi trabajo consiste en habilitar un puente entre las voces de los muertos y los vivos que quieren hablar con ellos. Yo lo entrené al Presidente para que pueda charlar con su querido Conan... Ya sé, usted me va a decir que era un perro, pero si algo le faltaba para ser un humano era hablar, y ese día habló hasta por los codos.

-A la perinola... -digo, y no puedo evitar una sonrisa sarcástica. El tipo no se inmuta: se ve que está acostumbrado a que no lo tomen en serio. Es más: mi burla soterrada pareciera motivarlo.

-Le estoy pagando el café y la medialuna para que me diga si lo mío puede funcionar acá, en la ciudad. ¿Cómo lo ve? La idea que tengo es primero dar las sesiones de nigromancia en el hotel, todavía no me puedo dar el lujo de alquilar algo.

Pienso en el Ideal como el embudo cósmico de la chantada foránea. Desde 1936 a la fecha no dejan de aterrizar personajes estrafalarios, vendedores de ilusiones, de píldoras para la salud sexual, para los dientes, para el rejuvenecimiento, y recuerdo al más famoso: el manosanta Garrincha que al lado de la mesa donde estamos se devoró una milanesa con papas fritas después de darle la bendición a una multitud de gente enferma en el club Boca, a mediados de los 90 mientras el Círculo Médico lo declaraba persona no grata por practicar el "ejercicio ilegal de la medicina".

Lo miro y le digo que le meta para adelante, que si en la primeras sesiones de espiritismo algunos vecinos salen diciendo que pudieron hablar con los finados de su estima, el boca a boca hará el resto.

El Médium llama a la moza, paga y deja propina. Me dice que cualquier cosa está parando medio de incógnito en un hotel que tiene un nombre raro: "Ro Che Hil", dice, como si pronunciara un jeroglífico, el signo de un enigma. Como acabo de terminar de escribir un libro sobre la hotelería de la ciudad le aclaro el punto antes de que se vaya:

-Ro Che Hil, iniciales de Roberto, Chela e Hilda Aparicio. Un hotel familiar del Tandil de los años felices.

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