ÚLTIMO MOMENTO
Lo estamos viendo pero no lo vemos. Releo lo escrito: a primera vista parece una contradicción, sin embargo, la frase no tropieza con la gramática. Quiere decir que tenemos, por ejemplo un elefante rojo, por delante, y a pesar de que se haría imposible no prestarle atención, no detectarlo, elegimos no verlo.
Eso está pasando desde hace bastante con el Futuro. Lo estamos viendo, vemos que sin prisa ni pausa por fin llegó, ha llegado (para decirlo en voz pasiva), está aquí, pero todavía nos parece algo que tardará en ocurrir.
Sin embargo, ocurre. Sucede. Es.
El Futuro se expresa en la edad de una generación. Golpea la puerta de la ciudad o entra derechito sin pedir permiso cada 25 años. Eso pasó en los 90. Entonces el Futuro entró arriba del plato volador llamado globalización, se llevó puesto bancos e industrias, y de un día para otro empezó a cambiar la cara de la ciudad. Hipermercados, remiserías, internet, ciber cafés, telefonía celular, barrios cerrados, y caras nuevas -la emigración porteña- que llegaba para quedarse.
Ahora es lo mismo. El Futuro, debidamente reencarnado en el cuarto de siglo que sucedió tras al estallido de 2001, se florea por la ciudad algo atónita que mira lo que pasa sin entenderlo del todo.
El Futuro trajo a los supermercados chinos, a Globant, a los hoteles de alta gama, al Pulpo Verde (nuevo dueño de la ciudad), a los bares de especialidad, a las despampanantes construcciones en las sierras, a la ex Avenida de la Tristeza (Brasil, la que te llevaba al camposanto) reciclada en la Güemes local, a los edificios más o menos inteligentes, los autos híbridos, las franquicias de lo que sea, desde hamburguesas a zapatos (Class Express sobre el esqueleto de la Galería Italia), al streaming, a las pantallas digitales, a la hiperconexión incesante, al celular convertido en prótesis de la mano, a los nuevos centros comerciales, al loquero del tránsito y el listado parece no tener fin.
Lo estamos viendo pero no lo vemos. Hasta que un día no queda otra que abrir bien los ojos, mirarlo de frente al Futuro, entender que cada veinticinco años llegan visitas, ocupan la casa y la convierten en otra cosa, como le corresponde -nos guste o no- a cada época.
Con un detalle de pertenencia sentimental: a pesar de todo, la casa sigue nuestra casa. Aunque un fin de semana largo se la alquilemos a los turistas.
APORTA TU PENSAMIENTO
Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales.