ÚLTIMO MOMENTO
Durante la pandemia, en el año 2020, se me ocurrió contar una historia por día, durante el lapso que llevó la cuarentena. La escribía la noche anterior, la grababa con el celular a la mañana y luego la compartía en forma de video por mis redes.
Para esa ocasión la lectora y amiga Adriana Lora me pidió una historia propia del Tandil de los años felices. Yo, apurado por los tiempos, no recordé exactamente una historia pero sí un personaje.
Se llamaba Archiprete, vivió entre las décadas del 50 y el 60 y le decían "El Hombre Orquesta". Era una suerte de lutier del estrépito: andaba por los cafetines cargando sobre sí mismo sus "instrumentos musicales": una olla a presión, una cacerola, un tambor, un soplete oficiando de gaita, platillos, palos y bocinas conformaban su orquesta ambulante. Sus espectáculos, naturalmente, eran indescifrables. Nadie sabía muy bien qué hacer cuando se apostaba con sus cacharros en los bares de los suburbios para hacer sonar su "música".
Pero Archipetre, además, era sastre y en gran medida un tipo estrafalario, uno de los tantos personajes que flotaban en la órbita lunar tandileña de entonces. En la tarjeta que repartía entre sus clienes decía burlonamente: "Don Archiprete: Sastre para Deformes". También solía ofrecer sus charlas metafísicas sobre los "corpúsculos luminosos", monólogos que convocaban a la risa de su auditorio. Su carrera llegó a la cumbre literaria cuando garabateó un libro inexplicable cuyo título presagiaba el descabellado propósito del mismo. Se titulaba, créase o no, ¿Por qué vivo yo?
Cuando terminó de escribirlo, entusiasmado, envió por correo el original a una editorial porteña. A los quince días le llegó la respuesta del editor, quien con una sola línea destrozó las aspiraciones literarias del hombre de los corpúsculos luminosos.
Dijo el editor: "He leído su libro '¿Por qué vivo yo?' -y trascartón disparó la frase que quedaría en la historia-:"Le digo que usted vive aún porque no me trajo el libro personalmente".
Este micro relato fue parte de la saga "Historias desde el encierro", ligadas íntimamente a la carcelaria cuarentena que debimos vivir el año en que el mundo se detuvo debido al horrendo murciélago chino que medía un micrón (el tamaño de un pelo), y yo sentí, más que nunca, la total y absoluta inutilidad de la escritura respecto al mercado, algo que nadie necesitaba y por lo tanto nadie pedía. Durante esos cuarenta días contando una historia breve cada mañana me sentí un poco el Archiprete portando sus cacharros de cocina, un tipo al que siempre lo mandaban con la música a otra parte.
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