ÚLTIMO MOMENTO

Los días que vivimos

Ayer en mis redes escribí este posteo:

Flota en el aire una atmósfera de pandemia: poca gente en las calles, desolación nocturna, comercios del centro que cierran, caras largas por ventas magras, y encima el clima turbio que deshace el ánimo. Así son estos días de esperanzas mustias, días que se suceden iguales, calcados, con un sol de agonía, apagado como tantos y tantas, y tantísima gente.

¿Qué precedió a ese párrafo?

Lo tangible, por un lado, y eso que nos dicen las sombras de las caras que cuelgan del cordel tendido de una calle a otra, de una avenida a otra, de una casa a otra, de un barrio a otro. La expresión de esas caras, la mudez, las voces que se han replegado entre los huecos de una tristona resignación, y también lo que no se dice porque no hace falta, porque está, como suele decirse, a ojos vista: el bajón.

Lo tangible. Me cruzo con un comerciante amigo. Le compro los jeans desde hace mucho tiempo, el tiempo que abrió su negocio en calle 9 de Julio, a pasitos de Mitre. Nunca vi nada igual, me dice. En treinta años que llevo vendiendo ropa, nunca. Y agrega: si cruzás Mitre hacia España hay cinco negocios que no están más, una obra social, tres locales de indumentaria y otro de no sé qué cosa.

Converso con un gastronómico: cuatro cubiertos la noche del miércoles. Cuatro. La memoria del gastronómico se va hasta el fondo de los días trágicos. Esto me recuerda a 2001, dice. Otro gastronómico me dice que bajó los precios con una carta simple pero eficiente. Zafa con lo justo. Y una rareza que tal vez tenga que ver con la potencia de la gastronomía: entre noviembre y diciembre la ciudad tendrá tres restaurantes nuevos: uno en el ex Hotel de la Piedra Movediza (altos del Golden); otro, según los febriles mentideros del empedrado en lo que fue la casa de familia de los dueños de Nueva Era. Y otro a treinta metros del finado vespertino, en la única casa con cúpula de la ciudad, propiedad de la familia Manochi, en Belgrano y Rodríguez. Sólo una ciudad que tiene cinco libros de gastonomía se puede permitir, en estos tiempos, semejante audacia.

Sin embargo, lo tangible y lo inasible registran un mismo e inequívoco semblante: una sociedad deprimida, encerrada en sus casas, en sus teléfonos, en sus afectos, una sociedad de bolsillos flacos que mientras mira la televisión va pasando, entregada, sin reacción, de una grieta a otra, movimiento que no hace otra cosa que cavar su propia fosa. Y cada uno de nosotros se entierra en la que más nos gusta.

Y, para colmo, el clima. El Niño, vaya nombre, que ha hecho perpetuo el invierno, que castiga con su niebla intemporal, su incesante lluvia bipolar, a veces súbita, a veces espesa, a veces de a baldazos, que cae de un cielo siempre hostil, ceniza y pálido. El clima que, como todos sabemos, moldea la identidad y la forma de vida de las sociedades que lo habitan. No sólo somos lo que leemos y lo que comemos; somos también el clima en el que vivimos. Podemos no tener dinero pero tenemos, al menos por ahora, paisaje y naturaleza, nuestro más valioso comodity. Pero llueve y el sol se ha vuelto un fantasma, una estrella apagada. Y el Niño nos aplasta el ánimo para que sean varias las cuestiones que no llegan a fin de mes, entre ellas el humor, el néctar imprescindible de la vida. Hagan la prueba, observen a sus vecinos a cielo abierto, en la calle, ese lugar de todos, y traten de encontrar a alguien riendo.

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