Historias desde el Bar El Ideal VOLVER
Algo encorvado, de gorra, pasando los setenta y cinco, entró al bar una media hora antes de que empezara el partido y en medio de la muchedumbre encontró una silla libre, en una mesa que ocupaban dos pibes, los dos de River, pensó, a juzgar por el atuendo de ambos, pero si había emprendido la larga marcha hacia la esquina de Pinto y Rodríguez no lo iba a detener ese detalle. Somos gente civilizada, pensó, mientras avanzaba hacia la mesa y la gran pantalla del fondo describía el mundo de azul y amarillo rebosante en la Bombonera.
Pidió permiso para ocupar la silla y los jóvenes le dijeron que no había problema, que se sentara nomás. De modo que se quitó el abrigo, se sacó la gorra, miró por la ventana el cielo inquietante y llamó a la moza. Pidió un té con limón porque, ¿qué otra cosa tomar a esa hora un tipo como él, un tipo que ya es considerado, casi, un adulto mayor, un tipo que sólo la pasión boquense y su economía austera, economía de jubilado que le impedía pagar el Pack Fútbol de Flow, le había transformado la siesta en una caminata de quince cuadras de su casa hasta bar?
Un té con limón dijo, aunque en esa mesa había una cerveza con dos vasos, y en otras mesas había de todo, desde café, jugos, gaseosas y muchos etcéteras. Los pibes hablaban entre sí de lo complicado que iba a ser el partido con el mediocampo herido (dos ausencias clave). Y él decidió no entrometerse en las hipótesis que masculló la prensa durante toda la semana acerca de quién ganaría el súper clásico: el mejor equipo (Boca) o el equipo con más rutilantes individualidades (River). Mientras sus compañeros de mesa hablaban de los mundialistas Ottamendi, Tiago Almada, Acuña, Montiel), la caja de velocidades de su mente puso reversa y para cuando empezó el partido él ya había consignado ciertos días y noches gloriosas para su autobiografía boquense que había vivido allí, en el Ideal.
Recordó la noche de lluvia (toda lluvia es un buen recuerdo, juzgó) cuando en 1981, en la Bombonera, Maradona dejó gateando a Fillol entre el barro y el pasto, y le hizo el mejor gol de su historia; recordó, aun yendo más hacia el pasado, la tarde del domingo de 1974 en que García Cambón le hizo cuatro goles a River y casi diríamos que sólo eso, esa marca gloriosa, le bastó y sobró para ganarse la posteridad. Recordó el muletazo de Palermo en el 2000 por los cuartos de final de la Copa Libertadores. Recordó el nucazo in extremis de Hugo Romeo Guerra en el Apertura de 1996.
Recordó sus días más felices y deseó que ese domingo fuera uno de ellos. El murmullo del bar levantó temperatura al empezar el partido y cuando Di Lollo metió el cabezazo, él saltó de la silla como un loco, como todos los demás boquenses que estaban en el salón, y pasado ese instante de éxtasis supremo se sentó y en un rapto de elegancia miró a los jóvenes parroquianos sumidos en un silencio tétrico, y empezó a disculparse, no fuera cosa que lo tomaran por un maleducado, justo esos pibes que habían le habían permitido compartir la mesa. Los pibes lo miraron y le dijeron que no se preocupara, y él no se preocupó en absoluto, mucho más cuando con el correr del partido ambos riverplatenses y todos las decenas de hinchas de River que estaban en el bar, mientras iban camino a la derrota, maldecían al referí, al VAR, el gran cómplice del referí y al "Chiqui Tapia botón" que le vienen dedicando desde hace algún tiempo. Como supo escribir ese tal Jean Paul Sartre: el infierno son los otros.
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