ÚLTIMO MOMENTO
El otro día el periodista Carlos Pagni (a mí gusto el mejor por lejos) participó en el panel donde se presentaba el libro No somos un país de mierda (todavía) de Daniel Schteingart. Completaban la mesa el autor y la joven dirigente kirchnerista Ofelia Fernández. Y, lógicamente, Pagni habló. Y contó algo que podría tratarse de una anécdota personal, pero que resulta mucho más que eso.
Pagni dijo que él compartía con Aníbal Fernández una pasión en común: son fanáticos de los Redonditos de Ricota. Y dijo lo siguiente:
Voy a citarlo textualmente: "Cierta vez pude pensar, en esos momentos de asociación libre cuando uno se despierta, en una afinidad común que yo tenía con alguien que me resulta muy simpático y que es Aníbal Fernández: el gusto por los Redonditos de Ricota. Sin embargo, yo no puedo compartir esa pasión con Aníbal porque hay alguien que decidió que estamos divididos y que no puede haber ese cruce. Bueno, llegamos a ese punto hoy, ¿no? Que nos impide pensar. ¿Y por qué digo que nos impide pensar. Porque nos impide hacer esa operación básica para el pensamiento sabiendo que no hay pensamiento sin tiempo, porque uno necesita tiempo para pensar, y no hay pensamiento sin interlocución. El pensamiento sin interlocución es una especie de solipsismo donde uno queda encerrado en lo que hoy técnicamente se llama la Cámara de Eco".
No ha dicho nada nuevo Pagni, sin embargo ha dicho lo central, lo que nadie quiere decir, y para lo que actúan las máquinas de manipulación y colonización de la subjetividad, que son los grandes medios de comunicación y las corporaciones dueñas de las redes sociales. Hablar(nos) entre gente que piensa distinto no es posible.
No hay diálogo ni pensamiento sin interlocución, dijo Pagni. La conversación recíproca o el diálogo no se produce. Nadie lo prohíbe, pero nadie tampoco lo hace posible. ¿Por qué? Porque la Cámara de Eco es muy efectiva. Se sostiene en la lógica abrumadora del algoritmo (sólo nos conectamos con quienes nos dio un like) y, sobre todo, en el llamado sesgo de confirmación: sólo queremos leer o escuchar lo que refleja nuestra visión del mundo, o nuestro ser ideológico. Así, nunca más fallido el axioma de que "la patria es el otro".
En verdad, y para ser completamente honesto, ¿qué puedo hablar yo con un libertario? ¿Qué puedo compartir con quien expresa tajantemente, y violentamente, el extremo opuesto de mi pensamiento, o la negación de mis ideas. Pero la cosa es de ida y vuelta: el libertario tampoco tiene nada que hablar conmigo o con quien no piensa exactamente como él.
Y así va pasando el tiempo. Y así se ha clausurado la conversación pública con el Otro. Pero no sólo la conversación pública. También la privada. Hace un tiempo comenté que en una fiesta familiar, cuyos algunos integrantes eran acérrimos apuestos ideológicos, tomaron tácitamente una postura para no pasarla mal durante la celebración: el silencio.
Ese silencio -o sea la no interlocución- expresó un signo de acordada y forzada tolerancia para no estropear más las cosas. Pero ese silencio también es el reflejo de nuestra derrota.
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