ÚLTIMO MOMENTO
Todavía y vaya saber hasta cuándo, teniendo en cuenta la lenta pero irreversible agonía del diario de papel, cada 7 de noviembre se recuerda el Día del Canillita, en medio de la masiva reconversión de los kioscos de diarios y revistas hacia el rubro juguetes y libros usados y -casi- la extinción del canillita mismo.
La ciudad, que llegó a tener cuatro diarios de papel -y dos que pujaron fuertemente entre ellos pero separados por la temporalidad (matutino El Eco, vespertino Nueva Era), los veía pasar de los talleres de los diarios hasta las casas de los suscriptores que formaban el reparto, síntesis que expresaba el jornal del canillita y la por entonces base de sustentación de los diarios.
Hubo decenas de canillitas memorables pero tal vez nadie como Beto (no confundir con el canilla riverplatense del Santamarina y Marconi) El recuerdo de Rigoberto "Beto" Efrain Torres permanece inalterable porque según la mitología fue el único canillita que inventó la costumbre de vocear noticias falsas. Naturalmente, no lo urgía la política sino el bolsillo. Fue el portador de las fake news del Tandil de los años felices. Apenas le entregaban los diarios, Beto salía a la calle gritando sus insensatas primicias. En ese sentido fue un canilla con identidad y estilo: no tenía la fama de Culito ni del Pata Prestifilipo, que eran más bien canillitas moldeados en una personalidad algo border, especialmente el Pata. Lo de Culito se acercaba más al martirio: su extraordinario trasero le había dado el apodo que padeció hasta el último día de su vida.
Beto era otra cosa. Expresaba tal vez como nadie el arte de vender ilusiones, espejismos, el humo de las noticias truchas. Un día anunció que se había secado el Dique, otro día que había muerto el intendente de turno, otra mañana que una banda de ladrones foráneos había robado el Banco Comercial. Eran noticias truculentas que muy pronto perdían su efecto de venta instantánea. Al final nadie le creía nada de lo que a viva voz anunciaba para vender sus diarios mientras cumplía con el reparto, y la vecindad le aceptaba el fraude con una piadosa sonrisa.
Hasta que la tarde del 21 de julio de 1964 salió disparado de los talleres de Nueva Era sobre calle Belgrano, dobló por Rodríguez en contramano hacia el centro y empezó a gritar una primicia lúgubre: la tragedia de un choque e incendio de un ómnibus de larga distancia de la empresa TASA y un automóvil Valiant en cercanías de Monte con veinticinco tandilenses muertos.
El primero que escuchó la novedad fue un borrachín que estaba acodado en el mostrador del Bar Tito. Enfurecido por el dislate se enojó de mal modo con el canillita. "¡Cómo vas a decir semejante bolazo, infeliz!", le gritó manoteándole el reparto.
Acto seguido le prendió fuego los cincuenta diarios que Beto llevaba en el canasto, sin reparar en que nuestro recordado canillita, por primera vez en su vida, había voceado la verdad.
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